Saga La Gran Guerra
2º Libro: Caminos, comienzos... y finalesUna gran bola de luz azul apareció en medio del universo. Unos segundos más tarde, la bola empequeñeció, rápidamente, hasta desaparecer.
Cuando desapareció, se pudo ver que esa parte del universo ya no estaba vacía, sino que había aparecido todo un sistema estelar entero. El Sistema Cestor.
Parte 1: El principio del Fin
CayendoTodos los buques y cruceros de la UIB aparecieron orbitando alrededor de Cantón, y, todos, uno a uno, cayeron hacia el planeta. El viaje interespacial había inutilizado los sistemas de navegación, y navegaban a la deriva, chocando unos contra otros, deteniéndose, y cayendo.
Tara iba en uno de ellos. El teletransporte había creado una sacudida muy fuerte en todas las naves, y todo el mundo cayó al suelo al llegar al nuevo universo.
Un crucero TT chocó lateralmente contra el MS de Tara, destrozándose los dos la parte derecha e izquierda, respectivamente. Los tripulantes de las dos naves salieron volando por los aires –muchos se hirieron de gravedad al chocar contra las paredes llenas de objetos-, y las dos naves detuvieron su lento avance, empezando a caer al planeta por acción de la gravedad de éste. Tara tuvo suerte, se había agarrado a una barandilla para levantarse –de la última vibración- y no salió volando, como muchos otros. Pero de poco serviría, al levantarse y volver a mirar por la ventana, vio como poco a poco, su buque caía inexorablemente hacia el planeta.
Entonces recordó; las cápsulas salvavidas.
Se dirigió, abriéndose paso entre el montón de gente que corría sin saber que hacer, hacia la sala de salvamentos, donde se encontraban las cápsulas. Pocos minutos después, cuando todavía estaba a mitad de camino, alguien gritó:
-Éste buque tiene cápsulas salvavidas!
Todos recordaron de repente, y salieron corriendo en la dirección que indicaba el joven Grun que había gritado. Tara se vio aplastada por una multitud alocada, que corría en una misma dirección.
Cuando consiguió llegar a la sala de salvamentos, quedaban muy pocas cápsulas, se fue corriendo hacia una de ellas, a la que nadie había ido todavía. Cuando llegó, pulsó el botón a la derecha de la puerta que daba a la cápsula. La puerta emitió un ruido raro y vibró un poco. Pero no se abrió. Tara miró el cartel que había colgado bajo el botón que abría la cápsula. “No funciona”, ponía.
Tara miró a su alrededor, las demás cápsulas estaban abarrotadas de gente, pero seguía entrando gente en ellas. Moriría aplastada si intentaba entrar ella también. Se quedó, en medio de la sala, mirando hacia la cristalera –una pared de cristal muy larga, la que tenía las cápsulas acopladas-, contemplando el espectáculo, impotente. El buque se estaba inclinando, el planeta se alzaba ante ellos como un monstruo gigantesco, dispuesto a tragarla.

La sala, al fin, se vació, la mayoría de las capsulas habían salido ya, quedaban dos nada más. Una abarrotada de gente –los seres de dentro intentaban cerrar la puerta, casi no cabían en la cápsula-, y la cápsula que no funcionaba.
La cápsula llena de gente se desenganchó del buque y se perdió en el espacio. El buque, hasta ahora lleno de sonidos –gritos de desesperación, el correr de la gente...-, ahora estaba silencioso.
Salvo por el crujir de las placas que formaban la parte exterior del buque, que se habían soltado y chocaban contra el mismo.
Se quedó mirando por la larga cristalera, mirando cara a cara a la muerte. El planeta se erguía ante ella, azul, casi plano –de lo cerca que estaba-, terrorífico. El crucero TT que había chocado contra ella apareció desde arriba, muy cerca, bajando, inclinado hacia delante. Tara lo contempló caer. Tras él, cayeron varias placas de metal, del crucero.
Al poco rato, cuanto Tara se había sentado en el frío suelo –a esperar la muerte, triste pero tranquila-, una luz se encendió en la puerta de la cápsula rota. La puerta se abrió, y las luces de la cápsula se encendieron. Tara se frotó los ojos para ver si era un sueño, y se levantó para salir corriendo para meterse en la cápsula. La puerta de la cápsula se cerró tras ella, y Tara se sentó en la silla en la parte delantera de la cápsula, a los mandos. Apretó un botón -un gran botón verde- y la cápsula se desprendió del buque, a la vez que se encendían los motores. Tara la alejó de los cercanos buques –y cruceros- que caían, y empezó a subir hacia arriba, donde se encontraba un crucero que parecía intacto. El Degant.
Las pruebasTer no apareció en el mismo universo que Tara y los otros. El formaba parte del “exceso de carga” del que hablaban las inscripciones Rinara, y, como GalacticHero, había sido transportado a un universo diferente. Pero GalacticHero no estaba en este universo, sino en otro.
Segundos antes de que Ter se teletransportara, una piedra caía encima de él; su alivio fue mayúsculo cuando de repente, todo lo que le rodeaba desapareció, incluida la roca que le mataría.
Pero quizá hubiera elegido que lo aplastara la roca si hubiera sabido lo que le esperaba.
Por suerte no apareció en medio del espacio. Apareció en un planeta.
En una llanura gris, desolada, de un planeta aparentemente muerto. Tras él había una cueva pequeña, de una montaña más bien baja. A lo lejos había algunas montañas, grises también. Al igual que el cielo. Era como si un gran volcán hubiera hecho erupción y hubiera cubierto de cenizas el planeta entero.
Tras mirar alrededor –deduciendo todo lo anterior-, se fijó en su talismán. Brillaba con una fuerte luz morada.
¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaban los demás?
Tras pensarlo un poco, vio que una o dos de las preguntas tenía respuesta. La máquina que se encontraba en el planeta era la que aparecía en las inscripciones Rinara. La que enlazaba universos. ¡¡¡Lo había transportado a otro universo!!! Pero, ¿Y los demás?
Ter no supo que hacer. Sólo, en un planeta que parecía estar vacío de seres vivos. Recordó que el Enlazador de Universos creaba otro Enlazador en el universo al que te transportaba, pero ignoraba en que parte del universo se encontraba ese clon-Enlazador. Y, además, si no le fallaba la memoria, el Enlazador necesitaba ochocientas toneladas de especia verde y.... ¿roja? Si, roja.
Un punto brilló a lo lejos, en la llanura. Ter, como no podía hacer otra cosa, fue hacia él.
A medio camino, se dio cuenta de que todas sus armas habían desaparecido. Las Garras, la pistola... no le dio mayor importancia y siguió caminando por el vasto desierto gris.
Tras media hora de andar, Ter llegó al objeto.
El objeto era una hoja de papel, con un cristal con forma de diamante pegado en la parte superior derecha. Para atraer a los curiosos, pensó Ter.
En la hoja había algo escrito.
Hola, Defensor. Bienvenido a mi mundo. Apuesto a que no sabes por que estás aquí, ¿eh? Bien, iré al grano.
Has sido elegido por una entidad divina, ¿Me equivoco? No, claro que no. Sólo de esa manera has podido llegar aquí. Siendo un Elegido, un Defensor.
Eres especial, por el motivo que sea. Eres más fuerte, más listo, más suertudo que los demás. Hasta ahora has salido vivo de todas tus aventuras, por peligrosas que fueran. Créeme, no son nada comparadas con lo que aquí te espera.
Has sido enviado aquí no por casualidad, sino porque debes pasar unas pocas pruebas para demostrar que eres merecedor del título de Héroe, para demostrar que eres capaz de recorrer el Camino.
Para demostrar que sigues mereciendo vivir, “aprendiz de Héroe”. Se te ha dado la oportunidad de cambiar el Destino.
Tras pasar las pruebas, podrás volver a tu universo, si así lo deseas. Podrás volver allí y ayudar a las ancianitas a cruzar las carreteras, o limpiarle los zapatos a un ser mil veces menos importante que tú. O acabar con seres mil veces más fuertes que tú, o ganar carreras espaciales a pie. Eres libre de hacer lo que quieras tras salir de aquí. Pero aquí, en mi mundo, eres un prisionero. Eres parte de mi juego.
No te entretengo más, tienes mucho que hacer. Pasa todas las pruebas y saldrás vivo de aquí. Fracasa solamente una y el siguiente “aprendiz de Héroe” que pase por aquí verá tus restos esparcidos por el suelo.
¿Cuántas pruebas hay? ¿Cómo son? ¿Cómo he de encontrarlas?
Tranquilo, todo lo sabrás a su debido tiempo. Ja! ¿A que has oído esa frase otras veces?
La gracia está en la ignorancia.