Por primera vez desde que había hecho aparición, la mujer sonrió, pero no se movió de la mesa. Parecía muy tranquila y segura de recibir al final aquella ayuda que me pedía. Esperé unos instantes por si deseaba decir algo más. Un mero gesto de cortesía, en realidad, ya que mi experiencia ya me había enseñado que para evitar problemas, lo mejor era alejarse de ellos cuanto antes. Pero, tras comprobar que mi gesto cortés me estaba haciendo parecer inseguro respecto a mi decisión, me di la vuelta y me dispuse a alejarme.
- ¿Estás seguro de eso? - me dijo ella sin perder la sonrisa- Sé quién eres y por qué pretendes huir. Como también sé que sin mi ayuda no lo lograrás. ¿Quid pro quo?









