"Viaje al interior del alma"Cada día que pasaba me iba adaptando más y mejor a mi nuevo puesto de trabajo. Habitualmente, los muchachos no me ponían de mal humor, solo un par de veces contadas. Mi relación con el resto de profesores me proporcionaba siempre que podía información que yo ignoraba acerca del funcionamiento de la sociedad. Únicamente comenté mi pasado a un verdadero amigo y compañero de trabajo, Nolasco. Pero regresemos a la actualidad, de nuevo al trabajo como cada mañana y sin falta para dar mi primera clase del día, donde unos revoltosos alumnos de segundo año esperaban que la lección sobre las plantas silvestres más comunes de la zona terminase pronto.


Y así fue, recibieron el final de la lección con aplausos y vítores que se apagaron completamente cuando anuncié la fecha del examen de dicha lección. Los vítores se convirtieron en abucheos y varios alumnos salieron malhumorados de clase. El resto de la mañana fue plácido, sin incidentes, solamente tuve dos clases después de esa, con los de sexto y cuarto. Tras finalizar mi jornada me encaminé al ya conocido bar donde daba un trago todos los días después del trabajo, y para mi agrado allí estaba ella de nuevo...

La saludé, ella me saludó y transcurrieron unos minutos incómodos hasta que decidí hacer algo. Ayudándome un poco de aquella habilidad mágica que había ido perfeccionando, confeccioné un regalo digno de ella...¡Rosas!

Se alegró mucho de mi regalo y realmente creí ver como en sus ojos una chispa saltaba mientras que en mi interior, mi alma pedía a gritos que la abrazara, pero en ese momento...

Apareció un hombre extraño de nariz ganchuda y piel rosa, sí no exagero, tenía la piel rosa completamente. Su rostro habría echo temblar a cualquier persona del bar pero a mí, solamente me recordó a el horrible rostro de Rowena, lo cual me hizo estremecerme un poco. Se me quedó mirando y como si fuese mi dueño me apartó de ella y comenzó a hablarme con una voz de ultratumba:

- No te mezcles con los de su clase, muchacho.
- Aparte sus manos de mi. Ahora.
- Te he advertido muchacho, los de su clase son despreciables.
Hablaba convencido de sus palabras, las cuales yo entendí perfectamente. Un degenerado racista que pensaba que por que el color de su piel fuese más claro era superior.
- No tiene nada que envidiarte, al menos no tiene la piel como la de un cerdo -le reproché-
- Como te atreves -dijo él, amagando golpearme-
Pero yo fui más rápido esta vez, no pretendía hacerle daño así que simplemente me deshice de él. Una floritura
¡Evanesco! y desapareció como el humo de un cigarrillo.

Pero, todo ese alboroto había llamado la atención, y veloz me propuse regresar a casa a toda prisa.

Pensaba que el día había terminado con suficientes percances pero no, esa misma noche ocurrió algo que despertó en mi un enigma que desde hace unos días había olvidado, la marca en mi espalda, marca que no había desaparecido. Esa noche ocurrieron cosas extrañas, ruidos y gemidos revelaban la aparición de alguien al lado de casa. Me levanté y salí afuera.

Un zombie, no me lo habría esperado. No dudo un instante y comenzó a acercarse a mí, pero estaba preparado..
¡Incendio! y comenzó a arder hasta que solté y las llamas se apagaron. El zombie estaba debilitado y de un momento a otro se desaparecería, pero algo en su espalda me horrorizó....la misma marca que yo tenía en la mía.


Regresé a la cama, y cientos de pesadillas nublaron mi cabeza.
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A la mañana siguiente tuve que ir hasta el centro de investigación biológica de la ciudad, pues teníamos una visita programada para los muchachos de séptimo curso y no me lo podía perder. La visita no estuvo del todo mal, salvo porque el torpe James Frank derramó el jugo de una planta cruzada con un manzano sobre un pequeño arbusto y comenzó a secarse. Tuve una charla bastante seria con el, pero no pareció enfadarse ¿a lo mejor había notado que se lo estaba diciendo sin interés? La verdad es que me sentía ausente, el enigma de la marca se abría paso por mis pensamientos de nuevo, y ocupaba todo el espacio.

Con tanto barullo había olvidado algo que recordé cuando llegué a casa, ¡hoy era mi cumpleaños!. No todos los días se cumplen treinta años. Pensé que debería hacerme un regalo a mi mismo, pero el regalo llegó solo. ¡Ella!

¿Como se había enterado? Entonces recordé...se lo había comentado el otro día en el bar, antes de que aquel impertinente lo fastidiase todo. ¡Había traído una tarta! Realmente, vale su peso en oro.

Tras tomar un pedazo de tarta, el ambiente se cargo del olor a vela y no sentamos en el sofá. No me había sentido tan calmado y relajado desde....desde....desde nunca. Quizás fuese el momento, quizás el olor a cera, o tal vez el frío que hacía, pero acabamos abrazados como dos enamorados y quizás no fuese tan descabellado pensarlo.

Me despedí de ella con una sonrisa de oreja a oreja y sin dejar de mirarla. Ella me había ayudado en todo, me había animado en cualquier momento, y ahora había celebrado mi cumpleaños junto a mí. Era perfecta.

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Domigo, día perfecto para dar un paseo y reflexionar acerca de los últimos acontecimientos. La marca me había ocupado todo mi tiempo hasta ayer, cuando por fin creo haber descubierto el amor. Y de nuevo ella en mi camino, sonriéndome en un pequeño llano donde la gente se reunía para hablar. Era el momento, debería hacerlo ahora o nunca.

Y así fue, ahora..
