Capítulo 4: Reunión[/justify]
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[justify]Rabanasta, una próspera ciudad atlana situada a las costas de la región del mismo nombre, en el golfo de Parteria. Los orígenes de la metrópoli se remontan a cientos de años atrás, en los y tiempos del emperador Santur Paopolos, quien propuso la creación de un pequeño asentamiento en el golfo, un autentico paraje natural, con grandes árboles e infinitas costas de arena plateada, bañadas por un mar de cristalina agua donde los peces se paseaban tranquilamente de un lado a otro. [/justify]
[justify]Con el tiempo el asentamiento se convirtió en poblado y luego en ciudad, pero tras el mandato de Therabis fue considerada ciudad capital de la región de Rabanasta. Ahora, en aquel fatídico día soleado, la inmensa ciudad se extendía con el habitual jolgorio y movimiento que se sucedía durante todo el año fuese cual fuese su situación. Las murallas de piedra estaban formadas por enormes bloques de color crema, culminados por decenas de torres de vigilancia que se alzaban varios metros del suelo, con tejados color rojo que guarecían a cientos de soldados vestidos de azul. Fuera de las murallas había un largo trecho de césped surcado por varios caminos adoquinados por los que fluían carruajes de madera y cientos de personas, a cual más distinta y entrañable que la anterior. Al prado verdoso lo seguían pequeñas construcciones, normalmente casas de piedra o de madrea donde vivían aldeanos y trabajadores. En ocasiones estas simples casas se sustituían por enormes y palaciegas villas, posesión de ricos mercaderes y otros nobles de la ciudad que huían del barullo y el gentío que se podía encontrar tras la murallas. Tras estas edificaciones seguía el espeso bosque de Rabanasta, formado por miles, quizás millones de árboles y arbustos verdosos que oscurecían la tierra con sus grandes hojas que se extendían por doquier. Los distintos caminos que habían partido de la ciudad se desviaban en todas direcciones con destinos muy diversos y remotos. [/justify]
[justify]En cuanto al interior de las murallas, se podía encontrar una gran ciudad, con varias zonas diferenciadas según su antigüedad, por lo que los edificios y estilos cambiaban mostrando así una ciudad diversa pero a la vez unida. Era una urbe alargada, con cuatro puertas principales, cada una situada en un punto cardinal. En el centro de la ciudad se podía encontrar la zona más antigua, coincidiendo esta con el sector más rico y adornado de la localidad. Justo en el centro se alzaba el gran palacio de Rabanasta, siendo este el punto de referencia y símbolo más importante de toda la región. Era una colosal estructura que se alzaba cien metros, fusionándose con el cielo y las nubes que se arremolinaban al rededor de su punto más alto. La base era un rombo de enormes dimensiones que se levantaba tres metros del suelo, con escaleras de mármol blanco que subían por los cuatro lados hasta el palacio. Este se sostenía por cientos de columnas que seguían una forma imprecisa, ondulada, pero entre todas ellas destacaban siete enormes columnas de un exagerado diámetro de cinco metros. Estas columnas se alzaban veinte metros, convirtiéndose en los siete pilares sobre los que se sujetaba en edificio. Al rededor de estos pilares de piedra se sucedían un entramado de paredes, techos a dos aguas, ventanas, columnas, cariatides y cornisas, adornados con estatuas, brillantes cristaleras multicolor y pinturas de un detalle extremo y embriagador. La decenas de balaustradas mostraban el interior del castillo, iluminado por el intenso sol que cubría la totalidad de Rabanasta. El palacio iba alzándose cada vez más estrecho, con torres y almenas, así como grandes salas rodeadas de altas cristaleras. Finalmente, justo sobre una estructura rectangular con varias salas adyacentes, se imponía la gran torre del homenaje, con una forma ligeramente triangular que la hacia cada vez más estrecha hasta acabar con un tejado circular de color negro desde el cual la vista podía alcanzar toda la ciudad que se iba extendiendo por doquier.
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[justify]Al rededor del palacio, las primeras casas se alzaban a cierta distancia, cubierta esta por preciosos jardines y plazas de piedra por las que circulaban cientos de personas, muchas de ellas en dirección a palacio. Una vez finalizaban estas plazas y jardines, se podían encontrar las primeras casas, unas grandes estructuras color crema, con excesiva ornamentación ya fuese en forma de esculturas, pinturas o columnatas adornadas con pequeños relieves. Esas eran las residencias más ricas de la ciudad, donde vivían nobles de todas partes de la región. Las casas se extendían de forma irregular, con jardines, fuentes y enormes plazas entre medio, lo que les otorgaba una sensación de libertad y tranquilidad. Una pequeña muralla de piedra rodeaba estas casas y el palacio, siendo esta una zona de difícil acceso. Tras esta nueva muralla se encontraba la ciudad de Rabanasta al completo, por la que se extendían miles de construcciones, desde casas, mercados, templos, talleres, cuarteles, torres de vigilancia, hostales e infinidad de locales más. Las casas eran, en gran parte, pequeñas, de unos dos o tres pisos, delimitadas todas ellas por calles adoquinadas. Eran de un color crema claro, siendo este casi blanco, con plantas y tapices que colgaban de ventanas y paredes. A pie de calle se podían encontrar tenderetes de madera donde los comerciantes exponían las mercancías que se podían hallar en su tienda. El sonido del metal fluía por las calles, cerca de las herrerías y armerías. Las vías estaban siempre repletas de carruajes, caballos, transeúntes y mercaderes que vociferaban para hacerse oír por encima del barullo. [/justify]
[justify]La ciudad emanaba un extraño aroma a flores, muy comunes por entre las calles y las casas, y a humedad. La luz se filtraba por encima de las casas, incidiendo en las calles con dulzura y calor. Cuando se iba alejando de las calles más céntricas, la ciudad se volvía tranquila y silenciosa, acentuándose el aroma a naturaleza y el calor del sol. Las casas se iban haciendo más pequeñas hasta convertirse en domicilios particulares cuya entrada daba a una calle, mientras que en el patio interior una fuente de agua resonaba con cautela cobijada por la sombra de los grandes árboles que silbaban al son del viento. De esta forma, la ciudad era una armoniosa fusión entre la vida y el ajetreo de las grandes ciudades y la tranquilidad, la naturaleza de las pequeñas y lujosas villas. [/justify]
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[justify]Pero tras esta tranquilidad y naturaleza, la ciudad estaba más tensa y silenciosa de lo habitual. La noticia de la desaparición del nuevo emperador era aun un secreto, pero la muerte del anterior Thelina era un hecho que todos conocían. Las calles se nublaban por el miedo y la incertidumbre. El emperador había muerto, y ya pasaban varios días sin noticias acerca de su sucesor. Según la tradición atlana, el emperador debía nombrar un sucesor antes de su primer año de mandato, aunque podía cambiar de discípulo en cualquier momento. La identidad del nuevo líder no era rebelada hasta la muerte del vigente emperador, pero en este caso se estaban demorando más de lo habitual. Esto, y el hecho de estar en guerra con Arcadia levantaba las sospechas sobre un posible final de la dinastía Thelina que ya duraba cientos de años. Aun así, las autoridades seguían conteniendo a las masas, evitando desvelar lo que realmente sucedía: que el emperador nombrado por Theclopotsam había sido secuestrado por los soldados arcanos. [/justify]
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[justify]Era por este motivo que no sololos civiles estaban alterados y a la espera, si no que también la esfera política se encontraba en un momento difícil. Aquella misma mañana se había convocado una reunión especial del senado, los altos cargos militares y políticos y el líder en funciones, Theas Balther.[/justify]
[size=134]La reunión tenia lugar en el palacio de Rabanasta, el centro urbano más cercano al lugar donde el emperador había desaparecido. La sala estaba llena. Los senadores, vestidos con sus togas azuladas, permanecían sentados en sus tribunas, formando un semicírculo del cual surgía un murmullo inquieto. A los lados de estos asientos senatoriales se amontonaban decenas de hombres y alguna que otra mujer. Unos vestían armaduras y trajes de gala militares, mientras que otros llevaban elegantes ropas de diversos colores, mostrando de esta forma su elevada posición en el mundo de la política atlana. Estos también cuchicheaban por lo bajo, pues la reunión aun no había comenzado. Pero el barullo de la sala se quebró cuando la pesada puerta de madera emitió un gruñido al tiempo que se abría con una extraña lentitud, dando paso a un hombre cubierto por el uniforme militar de los Claymore, la élite defensiva de Atlantis. Era Theas Balther, que avanzaba con paso decidido y la visa fija en la tribuna central de la sala. Todos le miraron atentamente, escudriñando hasta su más ínfimo movimiento. Cuando hubo llegado al centro de la habitación palaciega, se detuvo y carraspeó, quebrando un silencio expectante. Se dispuso a hablar:[/size]







